Una noche de lluvias torrenciales y el desborde de los ríos Paraná y Paraguay provocaron severas inundaciones en el litoral argentino. Vecinos de Antequera (Chaco) evacúan de emergencia mientras claman por ayuda estatal para salvar a sus animales y pertenencias.
Lectura exprés
- ¿Qué sucedió?
Un severo temporal arrojó más de 100 milímetros de agua, agravando la crecida de los ríos e inundando diversas localidades chaqueñas. - ¿Quiénes son los protagonistas?
Familias y productores de la zona de Antequera, además de los equipos de Bomberos, Prefectura y la Armada que intentan asistir en el lugar. - ¿Cuándo ocurrió?
La situación alcanzó un punto crítico durante la noche del temporal, cambiando drásticamente el escenario en cuestión de 12 horas. - ¿Dónde fue?
El epicentro del desastre reportado se ubica en las inmediaciones de la Ruta Provincial 63 y la Ruta Nacional 16, en Antequera, provincia del Chaco. - ¿Cómo se produjo?
Por un efecto "tapón": los ríos Paraná y Paraguay están tan elevados que las intensas precipitaciones locales (potenciadas por El Niño) no tienen hacia dónde escurrir. - ¿Por qué es importante?
Porque representa una tragedia humana y productiva de proporciones históricas, con riesgo sanitario inminente y comparaciones con la catastrófica inundación de 1983. - ¿Qué consecuencias hay?
Cientos de evacuados, animales atrapados con riesgo de muerte, enfermedades propagadas por el agua estancada y pérdidas materiales totales para las familias ribereñas.
La furia del agua y el efecto "tapón"
El norte del litoral argentino atraviesa horas dramáticas tras una noche aterradora signada por tormentas eléctricas, ráfagas de viento y precipitaciones que oscilaron entre los 80 y 120 milímetros. En localidades de la provincia del Chaco, particularmente en la zona de Antequera, el registro de lluvias alcanzó rápidamente los 100 milímetros, detonando una crisis hídrica de proporciones inmanejables para los vecinos y las autoridades locales.
El fenómeno meteorológico, enmarcado en los drásticos efectos de la corriente de El Niño, desnudó un problema infraestructural y natural insalvable: el denominado efecto "tapón". Dado que los principales afluentes de la región, los ríos Paraná y Paraguay, se encuentran en niveles críticos de crecida debido al agua acumulada proveniente del sur de Brasil, la precipitación caída sobre las ciudades no encuentra vías de escurrimiento. Las calles y rutas que hasta la tarde previa se encontraban transitables, amanecieron completamente sumergidas, transformando los barrios en verdaderos pantanos intransitables.
Los "nómades de la inundación" en la Ruta 63
La cruda realidad que enfrentan los habitantes de Antequera los ha forzado a convertirse en lo que los cronistas en el terreno definen como los "nómades de la inundación". Se trata de familias enteras que se ven obligadas a desarmar sus precarias casillas de madera y chapa para trasladarlas a zonas levemente más elevadas, un proceso que muchos han tenido que repetir hasta tres veces en la misma semana a medida que el agua los sigue empujando.
Las autoridades han emitido la orden estricta de que ninguna persona puede permanecer asentada sobre las márgenes de la Ruta Provincial 63. El peligro no solo radica en la superficie cubierta de agua arcillosa y gelatinosa, sino en el riesgo invisible que yace debajo: la erosión de los cimientos viales que puede generar socavones profundos, capaces de tragar vehículos o hacer ceder la estructura completa de la calzada que ya presenta grietas kilométricas.
El drama de perderlo todo: el testimonio de Julio Zacarías
Entre los afectados por la catástrofe se encuentra Julio Zacarías, un vendedor de pan casero cuya vivienda, ubicada cerca de la intersección de las rutas 63 y 16, quedó bajo el agua en cuestión de horas. A pesar de haber intentado levantar terraplenes defensivos con cubiertas de automóviles, la fuerza de la corriente terminó por invadir su hogar.
En un acto desesperado, Zacarías logró subir sus elementos de trabajo más valiosos, como bolsas de harina, sobre una heladera desconectada, rezando para que la humedad ambiente no eche a perder su único sustento. Sin embargo, su mayor angustia no se centra en los objetos materiales, sino en sus animales. "Me siento solo. Realmente no tenemos ayuda del estado, nadie da la cara", relató el trabajador, quien clamaba por "algún corazón solidario" con un tráiler para trasladar a sus chanchos, chivitos y gallinas, los cuales se encontraban hacinados en corrales inundados, al borde de morir ahogados.
Las historias de supervivencia extrema se multiplican. Familias moviendo electrodomésticos a pulso bajo la lluvia, niños expuestos al barro contaminado y mujeres resistiendo en los techos. Una vecina del lugar aseguró que se negaba a abandonar su terreno para no ser víctima de saqueos: "Me van a robar hasta la chapa. Yo me voy a quedar acá, arriba de unos palets de madera, hasta que baje el agua", sentenció con resignación.
La lucha por la supervivencia del ganado y las mascotas
El impacto productivo en la región es incalculable. La economía de subsistencia de estos sectores ribereños depende casi exclusivamente de sus pequeños rebaños y criaderos. Con las pasturas completamente bajo el agua, los animales sufren un desgaste severo. Caballos extremadamente flacos intentan masticar alfalfa mezclada con lodo en las banquinas de las rutas, mientras chivos y gallinas son apilados sobre troncos flotantes o techos de chapa para evitar el contacto directo con la correntada.
Los expertos y veterinarios advierten que la exposición prolongada al agua no solo estresa a la fauna, sino que les genera la pudrición de las pezuñas y enfermedades mortales. Afortunadamente, organizaciones no gubernamentales, como la Fundación Planeta Vivo, han comenzado a coordinar traslados de botes de goma hacia Chaco y Corrientes para asistir con rescate y vacunación de mascotas y animales menores, buscando mitigar un desastre ecológico y sanitario.
Alerta sanitaria y el pronóstico que no da tregua
Al drama de la pérdida material y el aislamiento, se suma un peligro invisible y letal: las crisis sanitarias post-inundación. Los centros de evacuados en ciudades aledañas como Barranqueras ya reportan familias con cuadros de afecciones respiratorias, lastimaduras infectadas y reacciones alérgicas severas. Asimismo, la crecida del agua expulsa a los roedores y otras especies de su hábitat natural, obligándolos a buscar refugio en zonas pobladas y elevando exponencialmente el riesgo de transmisión de enfermedades zoonóticas como la leishmaniasis, además de la inminente proliferación del mosquito transmisor del dengue.
Desde el punto de vista meteorológico, el panorama trazado por especialistas como Matías Bertolotti (meteorólogo de Todo Noticias) es desalentador. Los períodos de buen clima en el litoral duran apenas tres días, intercalados con diluvios destructivos. Se prevé que durante el fin de semana nuevas áreas de tormenta golpeen fuertemente las provincias de Corrientes y Misiones. Esta agua nutrirá aún más los cauces del norte, generando nuevos picos de crecida hacia la semana siguiente.
Con las marcas hídricas acercándose peligrosamente (a escasamente 1,30 metros) a los registros de la histórica y devastadora inundación del año 1983, la paciencia y la resistencia física de los lugareños se agotan. Las fuerzas de seguridad, el Cuerpo de Bomberos, la Prefectura Naval y la Armada Argentina (desplegando buques hospitalarios a contra corriente) intentan llevar alivio, pero la magnitud de la catástrofe fluvial exige una logística y una contención estatal que, para los vecinos con el agua al cuello, hoy parece insuficiente.
